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sábado, junio 23, 2007

En donde la autora abre su corazón y contesta todas tus preguntas estúpidas

Así que estoy tratando de jugar Guild Wars en mi PC cuando mi madre entra en la oficina y me dice que me voy a volver loca por jugar videojuegos. Esto sucede con bastante frecuencia, y como siempre, la ignoré por completo. Mientras ella buscaba unas placas viejas de su pie derecho, me preguntó si algún día me iba a casar. Es una pregunta impertinente que escucho de su boca cada rato. Le contesté que sí sin darle mucha importancia. Ella, empeñada en hacer conversación, me preguntó que si me pienso casar, pues porqué no aprendo a cocinar. Le conteste que cuando me casara, pues entonces cocinaba.

Entonces me dijo que algún día, el que me iba a tocar —hablando de mi hipotético futuro esposo, hipotético porque ni siquiera tengo novio o pretendientes— me iba a dar palizas cuando llegara a la casa un día y encontra que yo le cocine una ‘porquería’. Y eso lo dijo en serio, muy en serio, como si honestamente pensara que yo, con una maestría en Creación Literaria, tuviese la mentalidad de escoger a un pendejo y no a un igual. Como si quisiera que las cosas resultaran así.

Tengo 23 años y es como si esa mujer no me conociera. Para decir más, no estoy segura de conocerla muy bien yo a ella. ¿Qué clase de persona le dice a su propia hija que se casará con un imbécil al que le debe cocinar? ¿Qué clase de persona le dice a su hija que se volverá loca por jugar Nintendo?

Para ser franca, mi madre nunca ha tenido mucha fe en mi. Hace menos de dos semanas me dijo que yo era una decepción, recalcó que papá había gastado mucho dinero en mi educación y que me consideraba un fracaso.

Tengo la impresión que si me hubiese preñado a los 16 años, ella estaría más feliz.

Es más, tengo la impresión que la sociedad puertorriqueña le tiene un gusto perverso a ver a las mujeres por el piso. Que empieza a ver como aceptable, hasta deseable, tener a una muchachita de menos de 20 años con tres niños atrapada en el círculo de la pobreza. Y que cuando se encuentran con una que —surprise!— no cae en los estereotipos, la mente no sabe como registrarla.

Como no saben registarla, la gente empieza con los comentarios pendejos. Hasta las personas de mi propia oficina no sabe como interpretar mi pasatiempo con los juegos, anime y la computadora. Tampoco entienden como una mujer puede estar sola, considerando los chistes de posible lesbianismo en contra de una compañera. No lo tomo a mal la gente de mi oficina, en parte porque las idioteces de mi madre me han dado un caparazón de teflón.

Sin embargo, el culto a la domesticidad de mi madre—que una vez le dijo a mi padre que lo único que quería para mí era que me fuese de la casa con un marido, supongo que esa es su definición de ‘triunfo’— es simplemente un sintoma extremo de la sociedad de hoy. Aunque la sociedad se da alardes de progreso —¡porque nuestras mujeres no tienen velo como los musulmanes, wow!— en verdad no es la gran cosa.

Los defectos de mi madre son muchos: homofóbica, racista y cristiana hipócrita son solamente algunos. Pero todos tienen su reflejo en el día a día. Hasta su insistencia de que aprenda a cocinar refleja la idea machista de que es la mujer la que debe estar a cargo de la casa.

La gran tragedia de todo esto es que no es hasta hace poco que me percaté de lo anormal que es mi situación. Mi madre ha estado jodiendo con la idea de que tengo que aprender a cocinar para casarme desde que tenía 13 años, y como estuve bloquendo mentalmente todo lo que decía por largos años, no me percataba de que mucha gente pensaba así. No solamente en cuestiones de feminismo, sino hasta en la religión. Una tía ha mencionado varias veces su desprecio por los negros; a otra le pregunte si toda la población no-cristiana de la India se iba a ir al infierno y ella dijo con gusto que sí. Toda la familia le da la espalda al tío gay de Washington D.C, cuya relación con su pareja ha durado mucho más que el matrimonio de mis padres.

Una de las cosas que más preguntan, tías y extraños por igual, es si tengo novio. A veces me inventó una excusa para no decir la pura verdad, que no me interesa mucho si las cosas son así. Por lo menos un compañero de trabajo preguntó si era lesbiana. Sería muy bonito casarme algún día, pero honestamente no lo considero necesario para ser feliz. No le he mentido a mi madre, porque sí me quiero casar algún día, pero eso será en un futuro muy, pero muy lejano. También me simpatizan los niños, pero se me hace difícil imaginarme como madre.

Para ser más honesta aún, hasta escribir esa justificación en el párrafo anterior me da asco. Siento que en un universo perfecto, no tendría que explicar nada, pero si esto comunica mi manera de pensar a los lectores, por lo menos me evitará explicar estas cosas en persona.

Supongo que la pregunta en la mente de ustedes, los tres gatos que me leen, es si destesto a mi madre. Para ser sincera, pienso que es una persona de carácter odioso, pero me da más pena que odio. Seguramente no era infeliz de niña. Pero tengo una teoría, hilada por los comentarios sueltos de mi padre y el resto de la familia: creo que cuando era joven la violaron o le sucedió algo muy horrible que nunca pudo superar y que se casó con mi padre a los 23 años para escapar de la casa (la edad que tengo ahora, que explica su insistencia con que busque un marido)…

… y eso, entre otras cosas, también pone entre velo la moralidad de mi abuelo, el pastor y mi abuela, la santurrona. De las historias que conozco, fueron pésimos padres. He aquí Macondo al estilo puertorriqueño:

Mi abuela, la hija de una pareja que se tuvieron que ir de su pueblo porque un tipo estaba demasiado interesado en la mamá de mi abuela. Perdieron todo su dinero y se fueron al campo, donde mi joven abuela conoció al borracho de mi abuelo. Después de aventuras pintorescas con el espiritismo y un viaje a Nueva York, ellos ‘encuentran al Señor’ y abuelo se converte en pastor pentecostal. Abuela lo celaba todo el tiempo y le hacía la vida imposible en la iglesia, mientras ignoraba a los siete hijos. En algún momento ocurrió la tragedia de mi madre, en algún momento el hijo menor descubrió que era homosexual y entró en una relación dudosa con su maestro de inglés, en algún momento ocurrió quien-sabe-cuantas barbaridades en la familia.

En fin, es la vida de la típica familia puertorriqueña. Claro, hay muchas cosas que contar que ponen en tela de juicio el pasado glorificado. Supongo que examinar el pasado explicaría muchas de las acciones retrógadas de mi madre y la familia. Últimamente me dice que me meta a recepcionista. Solamente puedo respirar profundo e ignorarla, porque no tengo dinero para un apartamento propio (quizás me mude a casa de mi padre en lo que estudio, no sé todavía.)

Y ya que me siento muy honesta hoy, he aquí la razón de porqué me gustan las computadoras, el anime y los videojuegos: pues porque me dan poder intelectual y adquisitivo. No tengo intenciones de jugar el papel de victima que mi madre tiene en mente, y si soy una capitalista ambiciosa, es porque la alternativa es quedarse en casa y quejarme de lo cruel que es el mundo.

Creo que fue Nietzsche el que dijo que el cristianismo crea ovejas y que las ovejas son para comerse con pan y vino. “Will To Power” y toda esa vaina. El tipo me parace que es un hijo de puta, voy a tener que comprarle un libro algún día.