El capitán recién había cumplido su tercer aniversario en la base cuando sonó la alarma. Dormitaba en su silla aquella noche cuando lo despertó ese chirrido abusivo, científicamente diseñado para destruir tímpanos y romper voluntades. Sólo la había escuchado una vez antes, cuando era un recién llegado al ejército. Una demostración, le dijeron. Para que supieran por lo menos de que mal iban a morir.
El trabajo no es tan malo, le decían, para que no se desanimara. No entendían, pensaba el capitán. No lo odiaba por difícil, sino más bien porque siempre existía la posibilidad que de las cien bases esparcidas por el mundo, la suerte ---el palito chiquito, el doble seis, el guasón de las cartas--- le saldría a él.
Se acercó al radar, que era un gran círculo verde que saltaba a la vista del panel de instrumentos que hacía muchos años estaba descompuesto. El capitán supo entonces que en ese juego, él era el gran perdedor.
En su tiempo libre, al capitán le gustaba fantasear que era un gran comandante al mando de un batallón heroico, cuyo nombre viviría por siempre en documentales hechos para niños de sexto grado. En verdad su batallón consistía de él y cuatro personas más, de cuales dos se hicieron amantes por la novedad de tirarse a otro macho y los otros dos resultaron muy cobardes para meterse mano.
Llegaron corriendo los otros cuatro, en pijamas, medias o descalzos, porque eso de protocolo militar era algo que le ocurría a otra gente.
Uno de los tenientes agarró la silla más cercana al escritorio y se arrastró hacia el panel de instrumentos para confirmar lo obvio.
-Capitán, acaban de disparar un misil hacia nosotros. ¿Permiso para devolverles fuego?
-Todavía no, teniente. Eso es un error de instrumentos.
-El radar dice que llegaría a la ciudad dentro de quince minutos-
-Eso tiene que ser error de instrumentos –contestó el capitán-. Si de verdad quisieran guerra, no tirarían una, sino muchas.
El capitán regresó a su silla con una mano de repente posada sobre su corazón. Se sentía asfixiado, pero era del susto, de la angustia que lo aturdía. Duró diez segundos, el tiempo que se permitió, porque sus hombres tenían que verlo fuerte y en control. Aún así, los soldados susurraban.
-¡Capitán, ese misil va a destruir la ciudad! ¡Vamos a darles mientras podamos! ¡Disparemos; tenemos misiles apuntado a todas partes! –contestó el más joven del grupo, un soldado raso recién llegado de la academia cuya cabeza todavía estaba llena de fantasías adolescentes sobre la guerra.
El jefe de los hombres simplemente se echó a reír con amargura.
-Me das gracia, muchacho… ¿de verdad vas a planificar tus acciones con lo que te dice un radar de mierda?
Era así: dos lados, iguales en orgullo y dignidad, apuntándose uno al otro con más de cinco misiles –estimados no oficiales; nadie sabía cuantos habían- que poseían propiedades nucleares.
Peor: un panel de instrumentos en cada base controlando los misiles, incomunicadas por incompetencia y apatía, porque los radios se había enmohecido en los años de desuso de esa entupida guerrita que se había prologando por más de cien años.
-Ustedes tres, doctor y tenientes, cojan un almacén cada uno y búsqueme un radio bueno, que funcione, y llamen a las bases cerca. Quiero confirmación.
Se fueron los tres, tan entumecidos y soñolientos que parecían que no registraban el peligro.
Quedaron en el cuarto el capitán y el soldado raso.
Por la noche, cuando imaginaba ese momento, el capitán siempre se vio a si mismo buscando un cigarrillo en el bolsillo y reclinándose en su asiento mientras ponderaba el destino, quizás pronunciando un discurso humanista y alentador, sobre el deber, la patria y los momentos sublimes. Otra realidad se impuso: no era fumador y no tenía don de la palabra.
La única facultad del cual podía sentirse satisfecho era su carácter estudioso.
-Estoy casi seguro que es un error del radar –dijo al joven a su lado-. Mañana tendremos que ir afuera a arreglarlo.
-¿Cómo puede usted estar tan seguro de eso? ¿Si el radar no se ha equivocado y esto es en serio? –preguntó el soldado.
-¿Y si el radar si esta equivocado y disparamos por accidente? – Objetó el capitán-. Además sería de mala fe pensar que los rebeldes son idiotas. Ellos saben tan bien como nosotros lo que la guerra nos haría.
-Ellos piensan que nosotros somos animales con armas –insistió el otro.
-Pues queda en nosotros demostrar que no lo somos. Por lo menos, yo no creo que sean salvajes, aunque no piensen lo mismo de mí.
-Usted asume que ellos piensan con lógica y razón en primer lugar…
-Soy un optimista; yo creo que todos los seres humanos están dotados con lógica y razón. ¿Todo esto? Esto es un juego, nada más. Un juego con pistolas de verdad, pero un juego perfecto, donde ser un egoísta jode a los dos lados. Está científicamente comprobado por dos economistas; era la teoría del juego, aunque asume que ambos participantes están cuerdos. Ya se ha apostado antes, varios siglos atrás. Pero la humanidad es suicida, le gusta el peligro. Como estar en las machinas.
El soldado no dijo nada.
Cansado de esperar, el capitán se levantó de su silla para husmear por el pasillo, para ver si los otros tres habían regresado de los almacenes.
Cuando viró para atrás, vio al soldado joven activar los últimos misiles en la base, todos apuntando a territorios esparcidos al azar por el planeta.
El capitán agarró al soldado por la camisa y lo empujó contra la pared.
-¡¿Carajo, hombre, porqué hiciste eso!?
El joven se le quedó mirando como si estuviera fascinado.
-No sé, jefe –murmuró el soldado, con los ojos abiertos y maravillados, mientras un sonido insoportable rebotaba por toda la base- …no sé…
Soltó al soldado, que cayó de culo en el piso.
Dio tres pasos para atrás, pero no lo dio tiempo de registrar el mal del que iba a morir.
1 comentario:
Has sido escogida... más información en mi página... bua, jaja...
Publicar un comentario