domingo, octubre 23, 2005

"Cuando yo era chiquito"

Se supone que fuera un cuento de dos o tres párrafos para Yolanda, pero salió así. Me da demasiada gracia para cortarlo…

Cuando yo era chiquito

Tito tenía mucha hambre ese día y como no quería esperar la cena, se arriesgó a pedirle un dólar a su abuelo para ir al cafetín al final de la calle. Lo encontró en el balcón, escuchando una de esas estaciones de radio para gente vieja.

--- Abuelo, dame un peso.
El abuelo lo miró con desaprobación.
--- ¿Hiciste tus asignaciones?
--- No--- contestó el niño sin pensarlo dos veces.

El viejo respiró hondo, indignado con esa respuesta tan franca.

--- Eso es una mala crianza, Tito. Cuando yo era chiquito, los adultos se respetaban. No andábamos pidiendo chavos sin nada a cambio. Es más, cuando yo tenía tu edad, me ganaba el peso vendiendo huevos en la hacienda. Iba descalzo desde Patillas hasta Guayama con una cesta de huevos en la cabeza. Si rompía un huevo en el camino, el capataz me daba una pela y mi papá me daba otra. Entonces se lo contaba a los vecinos y ellos hacían fila al frente de mi casa para darme más pelas, por que había una sola gallina en el pueblo y vivía en la casa del alcalde, que era un gordo que se vestía de mujer todos los fines de semana y se iba a bailar a San Juan para que nadie se enterara. En verdad todo el pueblo lo sabía, porque el capataz era un hombre malo con un entendimiento con la bruja del pueblo. Fastidiaban juntos hasta que ella lo vio con otra y le puso una maldición para que se volviera loco. Desde ese entonces, todas las preguntas que él hacía se contestaban con 'tres'. A veces me preguntaba: ¿Niño, cuantas estrellas hay en el cielo? y yo contestaba, Tres, señor capataz. ¿Cuántos huevos en mi cabeza? Tres. ¿Cuántos trabajadores en el campo? Tres. Pero a veces preguntaba cuántos Reyes Magos eran y tenía que decir cuatro o me pegaba. En una pelea, me enojé y lo maté con un bate de béisbol-

--- Pero abuelo, ¿existían bates de béisbol en tu época?--- interrumpió Tito.

--- Todavía estoy hablando, niño--- regañó el abuelo. --- Pues, lo maté con un bate y me gané una condecoración del pueblo. Pero entonces el fantasma se me apareció esa noche cuando iba a buscar agua en la cocina. Agarre una lata de salchichas 'Carmela' para lanzarla directito a su cabeza y lo maté de nuevo. Después de un tiempo, el fantasma regresó cuando yo estaba en un mitin de Luís Muños Marín por allá en los cincuenta. Apareció detrás de don Luís para hacerle daño, pero como no tenía ninguna lata de salchichas a la mano, lo acuchillé con un banderín del Partido Popular y desapareció otra vez. Don Luís estaba muy impresionado y me quería hacer parte de su escolta, pero yo le dije que eso no era para mi, porque yo soy una persona muy humilde y no buscó recompensas por hacer el bien. No volvió a aparecer hasta un día que me lo encontré en el supermercado. Nos reconocimos; él brincó a la parte de las neveras y agarró un bistec congelado mientras yo me fui a la parte del hogar para agarrar una botella de líquido de fregar. Él me tiró la carne y falló, pero yo le di bien fuerte con la botella. Como le gané en una batalla honorable, él al fin se fue al cielo no sin antes felicitarme por esa gran pelea. Desde ese entonces cuando voy al supermercado, siempre compro líquido de fregar.

Al terminar su historia, el abuelo se reclinó en su silla con una mirada perdida, pensando en los buenos tiempos, hasta que se percató que Tito estaba ahí.

--- Perdona, nene… ¿de qué estábamos hablando?
--- Me ibas a dar veinte pesos para ir a la tiendita.

El anciano abrió su billetera, le entregó el billete y le dijo que de una vez le comprara una cerveza.

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